Economía del Bien Común

Capitalismo versus Consumo Colaborativo, ¿Utopía o Realidad?

Soy de los que piensan que nos encontramos ante una disyuntiva en cuanto al modelo socieconómico preestablecido. Me es grato dar a conocer y debatir a través de este artículo, la aparición de nuevas fórmulas de economías alternativas al sistema tradicional de producción, consumo y distribución auspiciado por el coloso Capitalismo. Este último opera con la soledad, el egoísmo, la desconfianza y el individualismo, y es por ello que necesita de las personas solas para que funcione. El capitalismo en estado puro no puede defenderse a ultranza, por mera cuestión de lógica o sentido común. No es equitativo e igualitario, es contrario a las relaciones humanas en sentido comunitario, y es muy agresivo con el medio. La sociedad de consumo capitalista basada puramente en el beneficio individual, nunca producirá ciertos bienes cuya producción sería conveniente para toda la comunidad; ignora los efectos negativos de la actividad económica, que afecta a terceros agentes que no son ni el productor ni el consumidor; y se sustenta en una producción que consume los recursos naturales a un ritmo mucho más elevado del que se regeneran.

A todo ello, habría que añadir su motor secreto: La Obsolescencia Programada. Un motor con el que se persigue maximizar los beneficios, alimentar el hiperconsumo y producir en masa. En efecto, desde el año 1920 los fabricantes se han preocupado de acortar la vida útil de los productos para incrementar las ventas. No se considera viable una economía sin obsolescencia, pues en teoría, es opuesta al crecimiento. Cada engranaje de nuestro sistema, se ha especializado en seducir al consumidor para que desee el último modelo. Los ingenieros se han visto obligados a desarrollar su faceta destructiva, no diseñan el producto más durable, sino el que mejor se ajusta a la dinámica de “Usar y Tirar”. Una dinámica a la que Cosina Dannoritzer dedicaría un fascinante documental titulado: “Comprar, Tirar, Comprar”.

¿Y es qué acaso existe otro modo de crecer, generar riqueza y empleo, que no sea en base a un consumismo desenfrenado y el agotamiento de nuestros recursos? ¿Es necesario, se cree un producto nuevo cada tres minutos? ¿Es ético diseñar un producto para que falle?

Afortunadamente para nosotros, la era Internet ha traído consigo el auge de la Economía Colaborativa. Una tendencia que no es una moda pasajera, sino algo más profundo que arremete contra el orden económico establecido. Consumo Colaborativo, Economía de la Colaboración o Economía del Acceso son algunos de los términos utilizados para describir este movimiento alternativo donde el acceso prima a la propiedad.

A grandes rasgos, el Consumo Colaborativo se puede definir como la manera tradicional de compartir, intercambiar, prestar, alquilar y regalar, redefinida por las nuevas tecnologías y las comunidades que se crean. Del intercambio de casas al coche compartido, compraventa de vestidos y complementos de novia de segunda mano, intercambio de ropa de niños, intercambios culturales de jóvenes de distintos países, locales para compartir oficina…, el universo de nuevos nichos se expande día a día. El ciclo de vida del producto ha cambiado, y también las estrategias de marketing y las relaciones de mercado.

El actual boom del Consumo Colaborativo surge a partir de una confluencia de factores culturales, tecnológicos y económicos:

  • Culturales: Hemos sido, y somos, hiperconsumidores, acumuladores sin sentido ni límite. Por eso, desde muchos sectores de la sociedad se clama ya por una nueva cultura: la cultura de la sostenibilidad, y en ella encaja a la perfección el consumo compartido. Al reducir el consumo y la producción, podemos liberar tiempo para desarrollar otras formas de riqueza que tienen la ventaja de no agotarse al usarlas. Como la amistad o el conocimiento. Los usuarios han comprobado que en el hecho de colaborar reside el verdadero valor, y que el acceso fácil es mejor que la propiedad. Para qué quieres comprar un taladro que sólo usarás durante 15 minutos en toda tu vida.
  • Tecnológicos: Vivimos en un mundo global donde imitar los intercambios que antes tenían lugar cara a cara, pero a una escala y manera que nunca antes habían sido posible. Las redes sociales y el comercio electrónico nos han permitido empezar a interactuar con desconocidos y a confiar en ellos,  dando lugar a un mercado de intercambios eficientes entre productor y consumidor, prestador y prestatario, y entre vecino y vecino, sin intermediarios.
  • Económicos: La crisis, la reducción de la renta disponible y la limitación del crédito han facilitado que muchos usuarios hayan usado por primera vez algunos de los servicios colaborativos.

En un futuro post, os mostraré ejemplos de iniciativas empresariales con gran éxito y enorme aceptación en el mercado, sustentadas en modelos de negocio propios del consumo colaborativo. Modelos de negocio que sustituyen los valores capitalistas por otros como la solidaridad y la cooperación, y se acercan al concepto promulgado por la Economía del Bien Común.

Por mi parte, soy de los que piensan que la felicidad es inversamente proporcional a nuestra capacidad de consumo. Pues si la felicidad dependiera del nivel de consumo, deberíamos ser absolutamente felices porque consumimos 26 veces más que nuestros abuelos. Como dijo Gandhi: “El mundo es suficientemente grande para satisfacer las necesidades de todos, pero siempre será demasiado pequeño para la avaricia de algunos”.

Hiperconsumo

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Consumo Colaborativo

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